Lo vulgar es cool

Ya sé que el título puede parecer un tanto exagerado, pero voy a intentar demostrar que no lo es en absoluto. Y que en cierto modo, TODOS, hemos sido alguna vez víctimas de un consumo vulgar, banal o repetitivo.

También es cierto que no me gusta generalizar, pues aunque es difícil de imaginar, es posible que todavía quede algún valiente que haya sido capaz de resistirse al chollo de llevarse ¡5 miniaturas de la Torre Eiffel por dos euros! Vale…es cierto que casi todos rechazamos al primer vendedor ambulante que nos cruzamos, lo cual, nos hace sentir mejor, ya que nos permite auto engañarnos durante al menos 5 segundos creyendo que hemos conseguido un futuro mejor para esos dos euros, y que lo invertiremos en algo realmente necesario. Sin embargo, tras esos 5 segundos de lucidez, el gigante del consumismo contraataca con fuerza, enviando a un segundo vendedor que además nos rebaja las miniaturas a un euro, repito, ¡un euro! Es entonces, cuando el brillo enmascarado del souvenir nos atrapa en un impulso ciego, hasta el punto de calificar de bello, algo que se limita a satisfacer nuestros sentidos por un instante.

Si tú, (lector), jamás en tu vida has caído en la tentación ridícula de comprar un souvenir, te doy mi enhorabuena porque has resistido a una de las formas más claras que tiene el Kitsch de atacar tu bolsillo. Y digo a una de las formas, porque aún así es muy probable que el Kitsch haya conseguido comprarte de algún modo u otro.

Pero analicemos con más detalle qué es el KITSCH. Es aquel objeto vulgar, banal o repetitivo que rechaza el carácter matemático de la belleza clásica, en simultáneo con el carácter intemporal de lo bello, sustituido por el efímero de la moda. Este término tan asociado al modernismo, tiene su origen en el contexto cultural del Romanticismo y más precisamente entre 1860 y 1870, cuando los pintores y comerciantes de Múnich (Alemania) utilizaban este término para designar el material artístico barato destinado al turismo angloamericano. Por otro lado, hay quien encuentra su origen en la germanización del término inglés sketch (bosquejo o cuadro barato), en el  el verbo alemán verkitschen, que significa “fabricar barato” o en kitschen, que significa “recoger basura de la calle”.

De este análisis etimológico se sugiere un rasgo fundamentales del kitsch: lo falso, una cosa que trata de aparentar otra de mejor calidad o superior. En este sentido, lo kitsch hacía referencia al gusto vulgar de la nueva y adinerada burguesía de Múnich a finales del siglo XIX, que copiaban hábitos y costumbres de las élites culturales en su afán por escalar socialmente.

Este deslizamiento de la función utilitaria del objeto hacia fines connotativos como puede ser: por un lado, el de aparentar un mayor estatus social a través de cosas tan banales como una mesa de plástico que simula madera, o unas gafas de sol Rey ban de mercadillo, que provocan una incongruencia formal o material del kitsch en comparación con el objeto al que remite. Por otro lado, ocurre un desajuste parecido con los souvenirs (Ej. el David de Miguel Ángel), que automáticamente niegan el carácter proporcionado de la obra de arte a la que imitan, tanto desde un punto de vista físico (el tamaño pequeño del David resulta ridículo al compararlo con el original) pues anula el carácter de “proporción antropométrica” de la obra; como desde un punto de vista simbólico, al colocar la referencia culta en un contexto histórico demasiado débil para soportarlo. Con estos ejemplo se pone de manifiesto la inadecuación estética del kitsch, como principio fundamental para atentar contra la belleza matemática y objetiva a partir de un referente culto.

Otro rasgo característico del kitsch es el “todo vale” en cuanto a colores, formas, estilos y volúmenes, mezclados sin ningún criterio aparente, como bien explica Cristina Rodríguez Goitia, profesora de la Escuela Madrileña de Decoración. Angelitos, vírgenes y toda clase de imaginería religiosa, estampados de leopardo con fondos rosa, figuritas de porcelana, cuadros de petit point, souvenirs… El universo kitsch diluye las barreras de lo estético en un estallido de formas y colores para crear un alegre caos, poniendo de nuevo de manifiesto el principio de abarrotamiento, acumulación y frenesí del kitsch como otra forma de rechazar lo claro y sencillo de la belleza clásica.

Por último, atendiendo al efectismo del kitsch sobre el consumidor (no espectador), ya que reemplaza la idea de belleza eterna por el placer espontáneo o en términos kantianos por el deleite o el agrado, ya que el fin último es el goce a través de la estimulación de los sentidos, imposibilitando así, juzgar el kitsch estéticamente. Asíde este principio se puede derivar, el verdadero éxito del kitschno solo como refutador máximo de la belleza clásica pero también como forma de huir de lo cotidiano por parte de la clase media trabajadora, que se vuelve hedonista  en las horas de ocio.

Tanto es así, que en nuestro día a día el kitsch inunda multitud de géneros artísticos: desde el cine de Almodóvar, el Pop Art de Andy Warhol llevado a la decoración, o el arte de J. Koons en su enaltecimiento de productos básicos de consumo como obras de arte, hasta estilos de vida kitsch como el de Mario Vaquerizo y Alaska. Todo con el fin último de divertir y alejar a su público de las obligaciones del día a día.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

http://www.20minutos.es/noticia/1429182/0/arte/kitsch/en-boga/#xtor=AD-15&xts=467263

El más odiado y mejor pagado: Jeff Koons en el Guggenheim de Bilbao

LA BELLEZA, EL AGRADO Y LA SEDUCCIÓN PARA UNA ESTÉTICA DE LA MODA Y DEL KITSCH. Inmaculada Murcia Serrano.

 

 

 

 

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